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El universo Talavera se reúne para despedir a Manuel

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Carlos Urquidi G.

Chihuahua, Chih.- Entre recuerdos, llantos, música y aplausos fue despedido este lunes el maestro, dramaturgo, actor y director chihuahuense Manuel Talavera, quien falleciera en la madrugada del pasado domingo.
Aquel que se ganó el aplauso como autor y actor con las dos obras que lo encumbraron: “Novenario” y “Mano Dura”.
Aquel que se ganó el reconocimiento por empujar con ahínco la creación de la Licenciatura en Artes y el Programa Permanente de Teatro.
Aquel que guió a muchos como director del Instituto de Bellas artes de la UACH, antesala de lo que hoy es la Facultad de Artes de la Universidad Autónoma de Chihuahua,
El féretro plateado relumbraba por las calles de Chihuahua: Primero en la misa en el Templo de San Francisco, después, en el Paraninfo Universitario, ese recinto que fue parte de su casa por muchos años.
El recinto cultural lucía lleno.
Ahí estaban sus colegas.
Ahí estaban sus amigos.
Estaban sus alumnos.
Estaba su familia.
Todos.
Y en esos todos estaba él. Estaba Manuel Talavera. Más vivo que nunca. Estaba en los recuerdos, en las enseñanzas, en los aprendizajes.
El féretro con los restos mortales de Manuel Talavera descendió de la carroza fúnebre, recorrió el pasillo y llegó al escenario para recibir el cariño que se ganó a pulso durante tantos años dedicados a las artes escénicas.
Grandes personalidades del arte se dieron cita para rendirle homenaje; generaciones de ex alumnos estaba ahí, también los alumnos; sus compañeros de oficio; sus compañeros de profesión; sus amigos y colegas. No faltó nadie.
Las guardias de honor se sucedieron unas tras otros: Sus alumnos, sus amigos, unos funcionarios, sus compañeros catedráticos, académicos y administrativos, su familia…
Su compañera de vida y andanzas, Rosa María, al frente, en la butaca de en medio veía el cariño que se le prodigaba a su amor.
Se le cantó muchas veces ‘‘La llorona’’, su preferida: Con guitarra, con un coro monumental, con mariachi… Todos me dicen el negro, llorona; negro pero cariñoso.
Hubo poesía también: Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo vida…
Y sí, Manuel Talavera fue el arquitecto de su propio destino, un destino que se hizo presente entre los muchos que lo despidieron con un ‘‘hasta siempre maestro’’.
El sol iluminó de nuevo el féretro, los mariachis lo seguían. Atrás, pero muy cerquita, estaban todos. Ese universo de amigos que Talavera creo alrededor de toda su vida. Punto, hasta aquí.

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