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Laura Lucía Romero Mireles    

México- De acuerdo con datos del Censo 2020, en México hay 90 millones 224 mil 559 católicos. De 2010 a 2020 se registra menor porcentaje de fieles (pasó de 82.7 a 77.7 por ciento) de esta iglesia, así como mayor porcentaje de las protestantes y evangélicas (7.5 a 11.2 por ciento) y, sobre todo, crecimiento del número de personas sin religión (4.7 a 8.1 por ciento).

La religión católica, asegura el investigador Miguel Ángel Cerón Ruiz, de la Facultad de Estudios Superiores (FES) Acatlán, va en decadencia, pierde fieles mientras que la protestante, que no considera las imágenes, incluidas las de la Virgen de Guadalupe, crece cada vez más.

Aunque probablemente eso signifique también una merma en los creyentes de la Virgen, hay una cantidad importante de católicos que se asumen “guadalupanos”, razón por la cual sigue siendo una imagen con millones de devotos, y el segundo recinto católico más visitado del mundo, solo después de la Basílica de San Pedro, en Roma.

Así ha sido desde los primeros años. “De ser una ermita de adobe pasó a ser una parroquia, luego una colegiata y, finalmente, obtuvo la máxima categoría de los templos católicos al convertirse en basílica en 1904”, recuerda el estudioso universitario.

La Virgen de Guadalupe es parte de nuestra identidad; creyentes o no en ella o en el milagro de sus apariciones en el año de 1531, en cualquier parte del mundo “nos identifican gracias a ella”, y a pesar de que no existe evidencia documental de que estos hechos ocurrieran, ha permanecido con los mexicanos a partir del siglo XVI, abunda el historiador y titular de las clases de Nueva España y Paleografía.

En 10 años se cumplirán 500 de la tradición que asegura que en diciembre se le apareció la virgen de Guadalupe a Juan Diego en la colina del Tepeyac. La “morenita” ha estado en la vida del país por casi medio milenio y nada indica que pueda desaparecer, asevera el académico.

Hasta antes de la pandemia aumentaba el número de visitantes a la Basílica durante las festividades de la Virgen; del 1 al 12 de diciembre de 2019 visitaron el recinto mariano 10 millones 868 mil 737 personas, según cifras del Gobierno de la Ciudad de México. En 2020, debido a la emergencia sanitaria, por primera vez en la historia cerró sus puertas. En 2021, aunque se permitirá el acceso controlado de feligreses los días 11 y 12 de diciembre, no habrá misas ni las tradicionales “mañanitas”.

Además, el culto se ha extendido por todo el mundo. En el siglo XVII los jesuitas se dieron a la tarea de difundir la devoción y mandaron a hacer imágenes que llevaron por América Latina, Europa y Filipinas. De hecho, recalca, la patrona del pueblo de Arsoli, en Italia, es la Virgen morena del Tepeyac.

Para Cerón Ruiz, la Iglesia católica ha perdido fieles a raíz de los escándalos de pederastia, enriquecimiento y cercanía con las élites del poder de algunos de sus dirigentes. Sólo el tiempo dirá si lo que enfrenta esa institución eclesiástica va a significar una merma en la devoción a la Virgen de Guadalupe.

Larga historia

Los indígenas tenían en el Tepeyac un adoratorio dedicado a la madre de los dioses, Tonantzin, y de tierras lejanas llegaban para hacer ceremonias y sacrificios en ese lugar. Después de la Conquista, se atribuye a Fray Pedro de Gante –uno de los primeros misioneros que llegaron a nuestro territorio– haber establecido más de 500 ermitas en los alrededores de la ciudad, entre ellas probablemente una sobre las ruinas del adoratorio indígena, dedicada a la Virgen María.

En la calzada “de piedra”, hoy en día denominada De los Misterios, iniciaba el camino a Veracruz. “Todos los viajeros, antes de salir, se detenían en el Tepeyac para encomendarse a Dios, y los que llegaban, antes de entrar a la ciudad se hacía un alto para dar gracias por llegar sanos a su destino. Eso va a dejar una gran cantidad de limosnas”, expone el universitario.

En lo que actualmente es la Capilla del Pocito, en la Villa de Guadalupe, en el siglo XVI había una fuente de aguas sulfurosas, a donde la gente con alguna enfermedad de la piel acudía a bañarse. “Los creyentes comenzaron a atribuir a la Virgen el milagro de haberse curado”. Hasta esa centuria, la devoción era de españoles y criollos, aún sin la presencia de los indígenas.

Por orden del segundo arzobispo de la Nueva España, Alonso de Montúfar, en 1554 el Tepeyac, que había estado a cargo de los franciscanos, pasó a depender directamente del Arzobispado de México. Él fomentó el culto a la Virgen María, que entonces era una imagen de la natividad, con el Niño Jesús en brazos.

El 8 de septiembre de 1556, durante la fiesta de la natividad de la Virgen y frente al Virrey, el franciscano Francisco de Bustamante denunció que el arzobispo predicaba milagros de la Virgen sin comprobar, relata Miguel Ángel Cerón.

Además, la había nombrado “de Guadalupe –como la de Extremadura, España–, a pesar de que las imágenes debían recibir su nombre del lugar en donde se veneran”. También señaló que “la imagen que había pintado un indio ayer, hoy ya dicen que hace muchos milagros”. No obstante, para 1568 había aumentado la devoción a la imagen y la ermita de adobes se había transformado en un santuario, apunta el profesor de la FES Acatlán.

Los indígenas tenían talladas en la ladera del cerro del Tepeyac imágenes de los dioses que nadie vio porque de ese lado había una laguna. Hasta el siglo XVIII Lorenzo Boturini las descubrió; una de ellas correspondía a Tonantzin. En efecto, “había un doble interés en el sitio: los católicos veneran a la Virgen María de Guadalupe, y los indígenas a Tonantzin”.

En la portada del Sermón de la natividad de la virgen María Señora nuestra, predicado en la ermita de Guadalupe, extramuros de la Ciudad de México, en la fiesta de la misma iglesia, escrito por Fray Juan de Cepeda Eremita, y fechado en 1622, la imagen es todavía la de la Virgen con el niño.

Llevada al Tepeyac

No fue sino hasta después de la gran inundación de 1629, cuando la Virgen fue llevada del Tepeyac al altar mayor de la catedral para pedir el fin de esa contingencia, cuando apareció María, ya sin el niño, en la portada de las Coplas a la partida que la soberana Virgen de Guadalupe hizo de esta Ciudad de México para su ermita.

En 1648, Miguel Sánchez, canónigo de la catedral, escribió el libro Imagen de la virgen María madre de Dios de Guadalupe, milagrosamente aparecida en la ciudad de México. Él fue el primero que narró la historia de las apariciones tal y como la conocemos hasta nuestros días, y al año siguiente se publicó en náhuatl: Nican Mopohua (“Aquí se narra”), relato contenido en un libro más amplio: el Huei tlamahuiçoltica o “El Gran Suceso”, para difundirla entre los indígenas con la ayuda de predicadores.

Para 1695, prosigue Cerón Ruiz, como resultado de la efervescencia del culto, se construyeron los “misterios” en la calzada del mismo nombre y un templo más grande que se inauguró en 1709, y que en 1749 recibió el título de colegiata, es decir, que sin ser catedral posee su propio cabildo y un abad.

Debido a la insuficiencia para recibir a millones de peregrinos, el templo fue sustituido por el actual (inaugurado en 1976), que ocupa un área de 10 mil metros cuadrados y que es el más grande recinto de la devoción católica en México.

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